Las sociedades contemporáneas suelen definir la vejez por lo que ya no se puede: no producir como antes, no rendir como antes, no valer como antes. Esta concepción —tan extendida que parece natural— no es un hecho biológico inevitable. Es una construcción cultural, histórica y, sobre todo, cuestionable.
El neoviejismo es un marco teórico que propone otra mirada. No una mirada optimista que niegue los cambios que trae el tiempo, sino una que pone en el centro una dimensión que esa narrativa dominante sistemáticamente invisibiliza: la continuidad del deseo.
El deseo no tiene fecha de vencimiento. Su ausencia en la vejez no es un hecho de la naturaleza: es el resultado de lo que una cultura decide valorar.
Desear no significa solo querer cosas materiales. Significa seguir teniendo proyectos, curiosidades, vínculos que importan, algo que aprender, algo que crear, algo por lo que levantarse. En términos del filósofo Baruch Spinoza, el conatus es esa fuerza que impulsa a todo ser a perseverar en su existencia. No se jubila. No declina por decreto. Puede transformarse, tomar otras formas, pero no desaparece salvo que algo la apague desde afuera.
Ese "afuera" es, en buena medida, la lógica meritocrática que domina la vida contemporánea. Como advierte el filósofo político Michael Sandel, vivimos en sociedades que miden el valor de las personas por lo que producen y logran. Cuando alguien deja de producir según esos estándares —por edad, enfermedad, retiro—, la lógica meritocrática lo convierte en un sujeto deficitario. La vejez, en este esquema, es el fracaso definitivo del mérito.
Este mecanismo opera incluso en las políticas públicas bien intencionadas. El paradigma del "envejecimiento activo" promovido por la OMS desde 1999 promueve la autonomía y la participación, pero al inscribirse en un marco centrado en el rendimiento termina funcionando como una forma de meritocracia aplicada al envejecimiento: quien no alcanza los estándares de actividad, salud y autosuficiencia queda clasificado como un sujeto deficitario. El riesgo se privatiza, la salud se moraliza, y la vejez se convierte en un proyecto personal de éxito o fracaso. La filósofa Margaret Gullette llamó a este fenómeno ageism cultural: la cultura contemporánea impone una narrativa de declive y responsabilidad individual que humilla a quienes no pueden mantenerse "jóvenes".
La vejez como constructo social
Lo que llamamos "ser viejo" no es solo biología: es el conjunto de representaciones, expectativas y normas que una cultura proyecta sobre esa etapa. Lo que la cultura construyó, puede transformarlo.
El conatus de Spinoza
La tendencia de todo ser a perseverar en su ser. No es una metáfora: es la fuerza constitutiva de la existencia humana. El deseo no caduca; se transforma.
La tiranía del mérito
Cuando el valor social se mide por el rendimiento, quienes no rinden quedan fuera. El neoviejismo cuestiona esa ecuación desde la vejez, donde se vuelve más visible que nunca.
El bien común
Una sociedad que reconoce el deseo como dimensión humana constitutiva —sin importar la edad— es una sociedad más justa. El neovieje no pide tolerancia ni reconocimiento: al sostener el deseo, demuestra que los criterios que lo excluyeron eran falsos. El neoviejismo plantea algo más amplio: que la vejez es una categoría sistemáticamente subvalorizada, y que no se trata de que el viejo pida ser visto —se trata de una deuda que la sociedad tiene con quienes desplaza.
El neoviejismo no propone que todos los viejos sean activos, productivos o independientes. Propone algo más radical: que el valor de una vida no depende de ninguna de esas condiciones. Que sostener el deseo en la vejez —aunque sea el deseo de comprender, de amar, de estar presente— es una forma legítima y digna de existir.
Una sociedad que reconoce el deseo como dimensión humana constitutiva, sin importar la edad, es una sociedad más justa. El neovieje no pide tolerancia ni reconocimiento: al sostener el deseo, demuestra que los criterios que lo excluyeron eran falsos. El neoviejismo plantea algo más amplio: que la vejez es una categoría sistemáticamente subvalorizada, y que no se trata de que el viejo pida ser visto —se trata de una deuda que la sociedad tiene con quienes desplaza. Y cuando alguien sostiene el deseo sin proponérselo, está cuestionando el criterio con el que su sociedad mide el valor humano. Eso es el neoviejismo: la crítica viviente a la ilusión meritocrática.