La primera pregunta que muchas personas hacen cuando leen la palabra neovieje es: ¿por qué con e?
La respuesta es simple: para no excluir a nadie. Ni la vieja, ni el viejo, ni ningún género con el que quien lea esto se identifique. El deseo en la vejez no es patrimonio de un género: es una posición subjetiva abierta a cualquier persona.
Neovieje no nombra un género. Nombra una posición subjetiva: la de quien, en la vejez, sostiene el deseo.
Entonces, ¿por qué solo en neovieje y no en todo el texto?
Porque el neoviejismo, al menos por ahora, no es un proyecto sobre género. Usar formas inclusivas en toda la escritura —la "o" y la "a" y la "e" alternadas, o la "e" sistemática en cada palabra— complicaría la lectura sin aportar nada al argumento central. El castellano tiene una forma genérica consolidada, y este proyecto la usa.
La excepción es neovieje. Esa palabra es el nombre de un concepto nuevo, y cuando se nombra algo nuevo se tiene la oportunidad —y la responsabilidad— de hacerlo bien desde el principio. Si el neovieje es quien sostiene el deseo en la vejez, esa condición no tiene género. El nombre debe reflejarlo.
Hay antecedentes en la lengua. "Estudiante", "docente", "amante", "combatiente" son palabras que el castellano usa sin especificar género y nadie las interpreta como incompletas —si bien el uso vivo del idioma va generando sus propias correcciones, como cuando hoy se dice "presidenta" donde antes solo existía "presidente". La terminación en e tiene una larga historia como forma neutra en español. Neovieje se inscribe en esa tradición, pero con una diferencia: lo hace de manera deliberada, porque el concepto lo requiere.
Esta decisión también tiene una implicancia filosófica. Si el neoviejismo sostiene que el valor de una vida en la vejez no depende de la productividad ni del rendimiento, tampoco debería depender del género. La posición subjetiva que define al neovieje —sostener el deseo, construir proyectos con sentido, negarse a aceptar que la vejez equivale a extinción— es igualmente válida para cualquier persona, con independencia de cómo se identifique.
La e en neovieje es, entonces, una consecuencia lógica del concepto mismo: si lo que define al neovieje es una posición ante la existencia y no un atributo biológico o social, el nombre que lo designa debe reflejarlo.
La e en neovieje no es una declaración sobre el lenguaje inclusivo —aunque adhiero a esa concepción que se niega a dejar afuera las formas femeninas y no binarias en los genéricos. Es una decisión puntual y deliberada: esta palabra específica, que nombra una posición subjetiva universal, no debería cargar con las marcas de género que el concepto mismo trasciende.