Hace casi 300 años, el filósofo escocés David Hume escribió esto en su Tratado de la naturaleza humana (1739). Y lo que entonces sonó provocador, hoy la neurociencia lo confirma.
No somos seres racionales que a veces sienten. Somos seres que sienten, y usamos la razón para entender — o justificar — lo que ya nos mueve por dentro.
Hume no estaba diciendo que la razón no sirve. Estaba diciendo algo más preciso: que la razón, sola, no mueve nada. Necesita una emoción que le dé dirección. Sin deseo, sin miedo, sin amor, la razón no sabe hacia dónde ir.
En la vejez esto se vuelve especialmente claro. Los que viven bien no son los que calculan mejor — son los que siguen teniendo cosas que les importan.
¿A vos qué te mueve hoy? ¿Qué es lo que todavía te da dirección?
Contame en los comentarios.
La buena vida en la vejez no es una sola cosa. Es un tríptico: la eudaimonía de Aristóteles —el despliegue activo de lo que uno puede hacer y vale la pena hacer—; la ataraxia de raíz helenística —la calma como estrategia activa de regulación, no como resignación—; y la hedoné funcional, también de raíz helenística —el placer que nutre sin agotar, el que deja señal positiva en el cuerpo después de que pasa.
Los tres componentes tienen raíces emocionales y evolutivas que la neurociencia, en particular Damasio, permite leer: toda valoración pasa primero por el cuerpo.
Y los tres responden a necesidades distintas: desplegar, regularse y disfrutar.
Internet le atribuye a Simone de Beauvoir haber dicho que uno tiene la edad de su deseo.
No dijo exactamente eso, sino algo, para mí, un poco más completo y lindo: